Gay dice:
Por las dietas estuve a punto de ir a la cárcel. ¿Cuántos kilos sin vernos reina?, me dijo una amiga jotera a la que tenía tiempo de no ver.
Yo me salí de la fiesta de generación y me puse a llorar como la Magdalena. Sentada en la banqueta me vinieron a la mente todas las dietas, y que me regreso con el tacón del diez en la mano. El primer taconazo que le di a la doble de “La Vitola” fue en honor al jugo reductivo “el secreto de las estrellas”; el segundo por el “Redugras” con su jabón, pastillas y gel; el tercero por la dieta de la luna, que me traía ahuyando de hambre; el cuarto por las anfetas, con las que casi quedo loca al escuchar que las donas que me hablaban; y así, hasta el taconazo 12. Cuando acordé, la susodicha estaba bañada en sangre. Lo bueno es que la dieta 13 funcionó, porque si no, ella estaría en el panteón y yo sería un lechón entambado. Del miedo, mi amigi no puso denuncia y ahora en las fiestas es una chulada: “¡pero que bárbara, que flaca¡” ¿No que no, culebra? ¡A educar a las flacas a punta de taconazos! ¿Pa’ qué tanta dieta? Si para perras hay lobas, y para lobas, habemos dinosaurias.
Él dice:
Aquí vamos con otra de las obsesiones de este mundo enfermo de estupidez.
¿Dónde dice que lo correcto es andar causando lástimas por la vida a bordo de una silueta esquelética?
Quien se haya tomado la molestia de investigar un poco sabe la respuesta: la idea se le ocurrió a un modisto gay que odiaba a las mujeres y por eso les impuso una visión de la estética cuya única finalidad era que él se viera “más bonito” que sus modelos en los desfiles de modas.
Que las anencéfalas habitantes de las pasarelas abrazaran la idea no sorprende. Después de todo, una modelo sólo puede diferenciarse de un robot por el hecho de que su estupidez no es producto del software, sino de la renuncia voluntaria al uso de la inteligencia.
Lo increíble es que media humanidad decidieran convertirse a la religión que ordena contar obsesivamente las calorías, los carbohidratos y los miligramos de grasa en los alimentos (la otra mitad, por cierto, también está a dieta, pero de forma involuntaria, pues no tiene para comer).
Sólo encuentro una explicación para el fenómeno: se trata de otro de los signos inequívocos de la decadencia de nuestra especie.
Ella dice:
Pero por supuesto, qué mejor excusa que los sueños imposibles de un modisto gay para defender la autodeterminación de los obesos. Porque es mentira que los gordos, gordas y llenitos sean felices con esos kilos de más que les impiden respirar bien cuando han dado apenas una docena de pasos. ¿Rudeza innecesaria? Para nada, atrás quedaron esas ideas sacadas de libros baratos de superación personal: “me amo por lo que soy”.
Y para seguir en este ánimo pesimista tengo una revelación para los adictos a la báscula: las dietas no sirven. Ni modo, para estar flaco hay que comer menos y caminar más, no hay de otra, bueno, sí existe otra opción, tener un metabolismo privilegiado que te permita comer pasteles y frapuchinos sin sentimientos de culpa. Porque hay sibaritas más delgados que una súper modelo, sino me creen vean el programa culinario de Anthony Bourdain para que se mueran de envidia.
Lo siento amigos, pero los kilos sí importan, y más con el verano que se nos viene encima, que ya no va a permitir esos sacos oscuros o suéteres holgados. No hay raciocinio que cuente frente a la verdad que muestra un espejo de cuerpo completo.
Ciudad Inteligente
Hace 16 años
